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Una esposa enferma, su más íntima amiga y una joven vecina ocasional forman parte del círculo que rodea al banquero Tony Bream cuando, in extremis, se ve obligado a pronunciar un juramento difícil de aceptar y de cumplir. En virtud de éste, no sólo su futuro queda hipotecado, sino también el de otras personas que quizá desearían no verlo tan comprometido y cuyos actos desembocan, en medio de una densa atmósfera de culpabilidad colectiva, «en una serie de acontecimientos oscuros e infelices... en sufrimientos, peligro y muerte». La otra casa (1896) fue l. a. primera novela que escribió Henry James después de sus infortunados años dedicados al teatro, y de hecho parte de un guión para una obra dramática. Es una de sus piezas menos conocidas, y en muchos sentidos extraordinaria, «un estallido de rabia primitiva que parece irracional e incontrolado», según su biógrafo Leon Edel, pero que el escritor consideraría hasta el fin de su carrera «un precedente, una lucecita divina que alumbra mi paso». En esta historia escalofriante de abismos abiertos bajo l. a. delicadeza de las formas, se cumple una técnica que el mismo texto anuncia: «Lo cierto es que los elementos del drama surgen cuando se comprimen con fuerza y, en algunas circunstancias, parecen invitar más al microscopio que a los gemelos del teatro».

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Antes de que el médico tuviera tiempo de contestar, se oyó un sonido repentino que tuvo el extraño efecto de parecer una respuesta a l. a. pregunta y los sobresaltó a ambos. Se trataba de los angeles vibración cercana, procedente de los angeles habitación de los angeles señora Bream, de uno de los sonoros y elegantes timbres eléctricos que, para l. a. señora Beever, eran el mismísimo acento de l. a. novedad de Bounds. Aguardaron un instante. –Es para los angeles enfermera –explicó el médico con calma. –¿No es para usted? El timbre sonó de nuevo mientras ella hablaba. –Es para l. a. enfermera –repitió el health care provider Ramage; sin embargo, se acercó hacia los angeles puerta por l. a. que había entrado. Se detuvo de nuevo para escuchar; al cabo de un momento los angeles puerta se abrió de golpe y dio paso a un hombre joven, alto, apuesto y vestido para ir a l. a. iglesia con un traje fresco y una gran orquídea prendida en el ojal–. �Ha llamado a l. a. enfermera? –preguntó el médico inmediatamente. El joven se quedó mirando alternativamente a sus amigos. –Está allí, todo va bien. Pero, ah, queridos… –dijo, pasándose l. a. mano, con el enérgico gesto de borrar una imagen, por un rostro cuyo resplandor esencial resultaba noticeable incluso a través de los angeles inquietud. –¿Cómo está ahora Julia? –Mucho más tranquila, me ha dicho, por haber hablado. –¿Por haber hablado de qué, Tony? –De todo lo inconcebible y condenable que se le ocurre. –Si no hubiera sabido que period eso lo que quería –dijo el doctor–, no le habría dado los angeles oportunidad. Los ojos de los angeles señora Beever sondearon a su colega del banco. –Estás inquieto, muchacho. Pasas por uno de tus peores �estados». Te ha sucedido algo doloroso. Tony Bream no prestó atención al comentario; l. a. dedicaba toda al otro visitante que, de pie con una mano en l. a. puerta del vestíbulo y en l. a. otra un reloj abierto, contemplaba éste tranquilamente. –Ramage –exclamó el joven de repente–, �me oculta algo? �Julia corre algún peligro? El rostro pequeño y pulcro del médico pareció redondearse cordialmente. –¿Se refiere a que nuestra querida señora está convencida de que su última hora está al llegar? –Tanto es así que si los echó a usted y a los angeles enfermera, si hizo que me arrodillara junto a l. a. cama y le tomara ambas manos, �qué cree que quería decirme? El health care provider Ramage esbozó una amplia sonrisa. –Pues que va a morir en los angeles flor de los angeles vida. �He pasado por eso tantas veces! –dijo dirigiéndose a l. a. señora Beever. –Eso fue antes, ahora ya no –añadió los angeles dama con lucidez–. Ha tenido oportunidad de morir, pero ahora ya es demasiado tarde. –Doctor –preguntó Tony Bream–, �va a morir mi esposa? Su amigo vaciló un momento. –Cuando el único síntoma de esta tendencia que muestra una dama es los angeles encantadora volubilidad con que reflexiona sobre el tema, no es suficiente. –Ella cube que lo sabe –insistió Tony–. Pero seguro que usted lo sabe mejor que ella, �verdad? –Yo sé todo lo que se puede saber. Sé que, en ciertas condiciones, tras esa inevitable declaración, algunas madres jóvenes y bonitas se dan media vuelta y se duermen tranquilamente. –Eso es exactamente lo que l. a. enfermera debe convencerla de que haga –dijo Tony.

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